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EDICION 1028
SEGUNDA QUINCENA
JUNIO DE 2009

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IMAGENES: ARTESANOS DEL PONCHO

Paisaje de Catamarca



Prenda utilizada desde tiempos remotos por los pueblos originarios latinoamericanos, luego muy popular entre españoles y criollos, el poncho es sinónimo de abrigo, protección y adorno. En él se plasmaron los signos de la cosmovisión indígena, desplazados luego por las creencias religiosas de los conquistadores. Así, el manto con abertura en el centro fue tomando diversas formas según cada región, erigiéndose como símbolo del entramado cultural del sur del continente.
En la Argentina, las ciudades catamarqueñas de Belén y Londres se disputan nada menos que el título de «cuna del poncho». Allí, la prenda es una institución y tiene además, un fuerte rol social, dada la gran cantidad de artesanos que trabajan día a día en su confección.
El golpe seco y acompasado que producen los telares llega desde los fondos de las casas, donde herederos de las técnicas ancestrales trabajan la lana de oveja, llama o alpaca, que puede tomar la forma de poncho pero también de faja, cubrecama, alfombra, o camino; y que son teñidos a base de elementos naturales. Muchas de las humildes moradas de adobe repartidas en las pequeñas localidades de la zona albergan talleres domésticos donde se reproduce y conserva la técnica del hilado, medio de vida fundamental en un territorio donde no abundan las fuentes laborales. Tejiendo, los pobladores hacen frente a esta realidad, dando origen a prendas únicas, que pueden demandar varios meses de trabajo.
Además de los emprendimientos familiares, algunos lugareños se han organizado de forma comunitaria. Es el caso de «Arañitas hilanderas», una cooperativa compuesta por unas 25 madres solteras de bajos recursos que recuperan viejas técnicas de hilado artesanal. Trabajan lanas de llama marrón y de oveja, confeccionando el hilo que luego servirá para tejer ponchos que colorearán con tintes extraídos de cortezas de árboles, hojas de sauce, yerba mate, y cáscaras de cebolla o de nuez.
Rosa Usqueda de Vega es la impulsora del proyecto que lleva más de ocho años. «La cooperativa nació de las necesidades de las chicas en épocas de crisis», dice. Dentro del cuartito que utilizan para el teñido, una de las mujeres abocadas a la actividad comenta: «Me preocupa que no haya un semillero (de artesanos). Yo aprendí de mi abuela y de mi mamá, y soñamos con formar una escuela». A pesar de ir modernizándose de a poco y con mucho esfuerzo para «agilizar el trabajo», Rosa aclara que la confección no dejará de ser artesanal: «Las manos se seguirán utilizando, Belén es el país de las artesanas con manos de hadas».
También se acercaron a la actividad los hombres de la comunidad, como el caso de Marcelo, oriundo de Londres, quien aprendió la técnica de su madre y de su abuela. Luego, convocó a algunos de sus amigos, y hoy son más de una docena de jóvenes varones que trabajan contra todos los prejuicios: es que tejer en los días que corren representa una actividad eminentemente femenina. Pero ellos hacen caso omiso a ese mandato cultural, concentrados como están en las lanas de oveja que mediante la habilidad heredada se transformarán en magníficas y coloridas prendas.
Así, el poncho, que desde su cuna se resiste a ser fabricado en serie, pide a gritos que los viejos sabios pasen su técnica y oficio a los más jóvenes. Es la única manera de que los telares catamarqueños perduren en el tiempo, y que la popular capa de lana siga cobijando a muchas más generaciones.

Guido Piotrkowski
Informe y fotos



TEJIENDO CULTURA. El poncho, un símbolo de Catamarca. Guardas y colores típicos de las prendas de Belén y Londres. Los artesanos siguen técnicas ancestrales transmitidas por los ancianos de la comunidad.